VIII. LA GRAN AVENTURA

En el Teatro Lope de Vega, Esteban Oliver había dado instrucciones precisas a sus compañeros y compañeras de reparto del musical El Rey León. Les había explicado que la noche siguiente habría alguien muy especial entre el público. Una persona que había nacido para llevar a cabo un cometido muy importante en la vida, pero también muy duro. Un héroe al que había que rendirle honores y respeto para que supiera que no está solo. “Un niño que se llama Raúl y que es cazador de tormentas, les dijo. “¿Un cazador de tormentas?”, repitieron al unísono algunos de los actores. “Exacto”, respondió Esteban. Y les aclaró que la misión de Raúl es evitar que el rey Tronan destruya la tierra y que, por eso, cuando el malvado monarca lanza sus descargas, el joven guerrero se desplaza hasta otro mundo, uno inalcanzable para la mayoría de los mortales, con el objetivo de combatir a los rayos lo más lejos posible de este planeta. “De esta forma, los rayos se centran en Raúl y dejan en paz la tierra”, les dijo. “¡Pero eso es terrible para un niño!”, exclamó uno de sus compañeros. “Así es, esta guerra le ocasiona muchas heridas. Por eso, cuando llegue, lo invitaremos a pasar a los camerinos y le demostraremos nuestro apoyo y agradecimiento”. Y todos estuvieron de acuerdo.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Mientras tanto, Raúl y su familia ya estaban en Madrid, instalados en casa de un familiar. Casi parecía un sueño, pero al fin iban a utilizar las cuatro entradas para El Rey León que los Reyes Magos les dejaron hacía ya seis semanas. Los padres del joven habían esperado este día con muchísima ilusión, pero también con bastante temor, y ahora que ya estaban todos allí se preguntaban cómo irían las cosas. Sabían que una fisura de esa magnitud en la rutina de su hijo mayor podía afectarlo mucho, pues Tronan siempre anda buscando el momento más inesperado para atacar por la espalda. Afortunadamente, el día de su llegada todo fue sobre ruedas. El tío de David y Raúl estaba encantado de tenerlos en su casa y se afanó en hacer que el joven guerrero se encontrara a gusto y se divirtiera lo máximo posible. Realmente fue una jornada estupenda, excitante, y los niños consiguieron permiso para acostarse más tarde de lo habitual. Sin embargo, no muy lejos de allí, entre una espesa y húmeda niebla, el Reino de la Tormenta tejía sus propios planes.

Fue a las ocho de la mañana del día siguiente cuando los rayos alcanzaron a Raúl mientras aún dormía. Fue un ataque rápido, frío e inesperado. Una descarga a una hora inusual si tenemos en cuenta que Tronan prefiere la oscuridad de la noche para disparar al joven. Por eso, cuando los padres vieron al niño convulsionar, se desalentaron. Raúl estaba otra vez en el campo de batalla, pero en esta ocasión a plena luz del día. No se lo esperaban. Suponían que pasada la noche ya no habría sorpresas. Así que, corriendo junto a él, mientras controlaban el tiempo del ataque, tomaron una decisión: en cuanto pasara la primera ofensiva lo despertarían. No iban a permitir que el rey Tronan enlazara una embestida tras otra. Raúl había dormido bien y, por lo tanto, no necesitaba más horas de sueño. Lo traerían de vuelta a este mundo y no le pasaría nada. Y así lo hicieron. Lo despertaron, y acertaron. El niño pasó el resto del día en casa, tranquilo y entretenido, recuperándose con su tío. Para cuando llegó el momento de la gran aventura ya estaba perfectamente.

La aventura comenzó con un magnífico viaje a la selva, concretamente a un lugar especial de la jungla donde los animales cantan y bailan, y los colores estallan en alucinantes mezclas que inundan el escenario y deslumbran a los espectadores y espectadoras en sus butacas. Una vez en aquel maravillo lugar, Raúl, incapaz de quedarse quieto, comenzó a seguir el ritmo de los tambores, comentando los puntos álgidos del musical como si la vida le fuese en ello. No había nada que se le escapara a sus ojos. Tal vez no entendiera el argumento de El Rey León, pero lo disfrutaba más que nadie. No podía creerse que el Sol estuviera ahí mismo, en el escenario, ni que Zazú andara tan cerca, o que Simba se paseara delante de sus narices. Era como para volverse loco, y eso que aún no sabía que le quedaba la segunda parte de la aventura: todos los personajes de la obra lo iban a recibir en cuanto cayera el telón. Y, unas horas después, así fue. Entre las bambalinas del Teatro Lope de Vega, uno por uno saludaron al cazador de tormentas, se hicieron fotos con él, le dejaron tocar todo lo que quiso y se divirtieron juntos durante un buen rato. Una vez de vuelta a casa, todavía con las sonrisas puestas en la cara, por una vez, toda la familia pensó lo mismo: “Hoy hemos vencido a Tronan”.

Anuncios

IX. LA GRIETA Y EL ÁNGEL

El rey Tronan andaba malhumorado desde hacía días y apenas le reconfortaba acariciar los trofeos que almacenaba en su castillo. Por mucho que contemplaba las tres serpientes de cristal rojo, las dos estrellas de hierro y la lágrima amarilla recién conseguidas –símbolos de las escoliosis, las palabras olvidadas y el autismo que esa misma semana había provocado o agravado a unos cazadores de tormentas– no conseguía estar satisfecho. Ni siquiera los ruidos de los truenos que había enviado al norte para incordiar a sus pobladores, ni las ráfagas de luz que iluminaban su rostro cuando estallaban los rayos, calmaban por completo su furia. Y es que el rey Tronan no comprendía. No entendía lo que veía. No sabía a qué venía tanta alegría en casa de Raúl. El niño estaba completamente exultante. Realmente feliz. Y el monarca del Reino de la Tormenta, rugiendo de rabia, intentaba adivinar por qué ese pequeño guerrero se encontraba así de bien. Tantísima alegría era inaudita, inconcebible y, además, no lo podía permitir. Por eso, y al no encontrar consuelo con sus trofeos, empezó a pensar con urgencia un ardid que frenara el molesto entusiasmo del chaval y, por extensión, el que había contagiado a su familia. Una treta que le devolviera el poder y el orgullo de rey.

Un ángel ayuda a Raúl en la batalla contra el rey Tronan. Dibujo de Luna Bolea.

Un ángel ayuda a Raúl en la batalla contra el rey Tronan. Dibujo de Luna Bolea.

El desasosiego que estaba destrozando a Tronan no era otra cosa que la estela de fantasía que Raúl arrastraba desde que vio el musical El Rey León, la semana pasada. Una estela que le seguía a todas partes, como si la tuviera atada a su cintura y ondeara a su alrededor con cada soplo de aire fresco, rodeándolo con suavidad y envolviéndolo en una especie de halo mágico. Emocionado, le contaba a todo el mundo que había conocido a Zazú, a Simba y a Mufasa, y que los había visto bailar y cantar en la selva, afrontando peligros y corriendo aventuras como si nada. Y ese rastro de entusiasmo que aupaba a Raúl y lo hacía levitar como si fuera una pluma se unía, además, a la celebración del Carnaval y al cumpleaños de su amiga Paloma. Así que su entusiasmo tenía tres caras bien definidas que lo hacían más dichoso que nunca. En el colegio también se había notado su cambio. Un Raúl centrado, participativo y muy expresivo había sorprendido gratamente a las profesoras, que lo celebraban y se alegraban por el joven guerrero.

Cuentan las viejas leyendas que cuando un cazador de tormentas reúne tanta dicha de una sola vez, un ángel cae del cielo con la misión de acompañarlo durante una jornada completa y velar por él. Invisible al mundo, camina junto al héroe, sin separarse más de tres metros de él, solo con el propósito de absorber parte de las incidencias que pudieran acontecerle. Y eso es precisamente lo que le había ocurrido a Raúl el día en que Tronan ultimaba su trampa; que un ángel se había sentido atraído por la alegría del joven y, como si hubiera sido succionado por ella, había aparecido a su lado mientras aún dormía. Ahí sentado, admirando la tranquilidad con la que el guerrero respiraba, el ángel aún podía sentir dentro del niño la emoción del musical, la diversión de Carnaval y la felicidad de haber visto a su amiga Paloma. Sin embargo, y a pesar de esa paz que envolvía el dormitorio de Raúl, de repente el ser celestial tensó el rostro, a la vez que erguía el cuello y la espalda como si hubiera sido azuzado con la punta de un estoque. Algo le iba a suceder a su protegido, lo presentía. Pero ¿el qué?.

Apenas dos minutos después de la premonición que había alertado al ángel, la puerta de la habitación de Raúl se abrió con cuidado. Se trataba del padre del niño: “Raúl, venga, a levantarse que tienes que ir al colegio. Date prisa”, le susurró. Aunque al principio le costó abrir los ojos, una vez espabilado, el cazador de tormentas ya estaba dispuesto a comerse al mundo. Solo le faltaba vestirse y ya estaría preparado. Pero entonces, de pronto, el ángel vio la grieta. Ahí estaba, ancha como el cauce de un río cuando se convierte en desembocadura. Tronan había puesto toda su maldad al construirla. Después de tantos años atacando al joven mientras dormía, ahora iba a dar un golpe de gracia lanzando sus rayos a pleno día, con Raúl despierto y correteando por la casa. Y el ángel supo lo que eso significaba: el niño podía entrar en trance en cualquier momento y caer a plomo sobre el suelo o sobre el canto de cualquier mueble de la casa. Y esa caída podía resultar fatal. Tenía que impedirlo.

Rápidamente, sin moverse del lado de Raúl, el ángel puso toda su concentración en el padre del chico y le metió una idea en la cabeza: “Raúl, ven, siéntate en la cama que te voy a vestir”. Obediente, el joven cazador corrió hasta su habitación. Para cuando los rayos lo golpearon, ya estaba sobre el colchón, sujeto por su padre, que le estaba poniendo la camisa. Como siempre, el cazador de tormentas perdió el conocimiento y empezó a convulsionar. Ya estaba en plena batalla, derribando rayos lejos de este mundo. Su padre, alucinado por lo que acababa de ocurrir, se mantenía a su lado, controlando el tiempo por si la contienda duraba demasiado y tenía que pedir ayuda. Afortunadamente, todo pasó rápido y Raúl volvió el sí.

Al enterarse, su madre, que ya estaba en el trabajo, no podía creérselo. ¿Ahora su hijo también iba a ser atacado despierto? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de repente se había abierto una grieta en la rutina que hacía más soportable la vida con el Dravet al restringir los ataques solo durante el sueño? Pero ese instante de agobio, ese segundo de temor, desapareció enseguida en la madre del héroe para dejar paso a otro pensamiento más reconfortante: “al menos, todo ha ocurrido cuando estaba sentado en la cama. Raúl debe tener un ángel de la guardia”. Y alguien, invisible pero poderoso, sonrió mientras acompañaba a su protegido al colegio.

X. LOS ASIDEROS

El frustrado ataque de la semana pasada produjo al rey Tronan un inmenso dolor de cabeza y una terrible desazón. La repentina aparición del ángel lo había cogido por sorpresa y ahora necesitaba replegarse a su guarida para recomponerse de la vergüenza de su fracaso. Caminando en círculos por una de las estancias de su castillo, repasaba una y otra vez su fallido plan. Por lo que había visto, el ángel había acudido a la ayuda de Raúl un día en que el niño parecía inmensamente feliz, insultantemente dichoso. Por lo tanto, caviló, la clave podría estar ahí: en la felicidad del cazador. Decidido a llegar hasta el final, se encerró en la biblioteca y comenzó su investigación.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

El ensimismamiento en el que se hundió el rey Tronan supuso un periodo de paz para Raúl, que pasó la semana sin sufrir los traicioneros golpes de los rayos. Sin embargo, a pesar de este respiro, las consecuencias de años y años de guerra contra el Reino de la Tormenta seguían allí, inamovibles, tercas en su proceder, y, desgraciadamente, agravadas por la poca ayuda externa que le brinda al niño el mundo en el que vive.

La vida para los padres de un cazador o de una cazadora de tormentas no es fácil. No solo son víctimas de la pena, la impotencia y la preocupación por el destino de sus hijos e hijas, sino que, a su alrededor, los asideros donde sujetarse brillan a menudo por su ausencia. La mayoría de las veces, cuando echan la mano para no caer, solo encuentran paredes lisas y resbaladizas. Y en cada ocasión que eso ocurre, una sonrisa fría y oscura muestra sus colmillos, allá en el Reino de la Tormenta. Esa falta de agarraderos es otra clase de secuelas de la batalla sin cuartel contra Tronan. Daños extra, añadidos a una situación ya de por sí perniciosa. Y, precisamente esa semana, la madre de Rául tenía que enfrentarse a uno de esos inconvenientes adicionales: la visita al dentista.

Las campañas que promueven los colegios de Logroño para que los dentistas acudan a las aulas a realizar revisiones gratuitas a los niños y a las niñas no hacen su efecto en la escuela de Raúl. Las secuelas que a estos pequeños les dejan sus guerras particulares contra el mal asustan o incomodan a los profesionales de la Odontología, que prefieren que sean sus padres los que lleven a sus hijos a sus consultas. Por este motivo, a la madre de Raúl no le quedó otra esa semana que hacer malabarismos para poder cargar con este agobio extra durante una de sus jornadas ya de por sí repletas de obligaciones. Para empezar, tuvo que faltar a su trabajo, sacar a su hijo del colegio, conducir hasta al dentista, buscar aparcamiento, pasar la revisión y llevarlo de nuevo a la escuela, todo eso mientras contaba los días desde el último ataque de Tronan y llegaba a la conclusión de que ya faltaba menos para el siguiente. A veces creía vivir en una montaña rusa en la que no hay forma de agarrarse, y donde la fatalidad sube y baja a su voluntad mientras que, por mucho que una quiera alcanzar algún asidero para descansar, no logra encontrarlo. Impotente, se preguntaba dónde estaba esa conciliación familiar de la que todo el mundo hablaba. Dónde se encontraba la sensibilidad que la gente parecía sentir hacia las personas como su hijo. En qué rincón se escondían la solidaridad y la ayuda de cualquier clase.

XI. LOS REFUGIOS

Con las manos a la espalda y los ojos rojos de tanto leer, el rey Tronan miraba hacia el horizonte desde la almena de su castillo y sonreía a medias. Tras varios días encerrado en su biblioteca respirando el polvo de libros tan antiguos como la mismísima muerte, al fin había descubierto la razón por la que, algunas veces, los ángeles se sienten atraídos por los cazadores de tormentas y los acompañan durante todo un día para protegerlos. Como sospechaba, la clave está en la felicidad de esos pequeños héroes. Sin embargo, y de ahí que la sonrisa de Tronan no fuera completa, también había averiguado que no hay nada que hacer contra los seres celestiales una vez pisan este mundo. Tampoco es posible evitar que un ángel aparezca al lado de un cazador de tormentas cuando este alcanza un altísimo nivel de dicha.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Por eso, el dueño y señor del Reino de la Tormenta había llegado a la conclusión de que la única opción que le quedaba para frenar la aparición de esos espíritus celestes era tratar de impedir que los cazadores sintieran esa alegría extrema que tanto les seduce. Y, desgraciadamente, de ese tipo de artimañas sabe mucho el perverso monarca. De hecho, justo cuando se disponía a retirarse al interior de su guarida, Tronan vio aproximarse a Logroño uno de los inconvenientes que más contribuyen a dificultar la vida a Raúl. “Vaya”, se dijo, “he aquí algo que mermará la alegría del niño. Esta semana no habrá ángeles cerca”. Y con este pensamiento reconfortándole las entrañas, la sonrisa de Tronan se amplió un poco más.

El inconveniente que el rey Tronan había visto llegar a lo lejos y posarse sobre la ciudad como un buitre al acecho era uno de los que más perjudican a Raúl: el calor. Y es que, acostumbrados a luchar cuerpo a cuerpo contra los rayos, habituados a soportar descargas eléctricas de incalculable potencia, los cazadores de tormentas apenas notan las subidas de temperaturas en la Tierra, suponiendo un peligro extra para su salud. Sus pequeños cuerpos, curtidos en batallas realmente abrasadoras, no detectan los golpes de calor más intensos del verano, ya que para ellos solo son nimios ardores que jamás se podrán equiparar a la dureza que supone el golpe de un rayo. Ni siquiera pueden sudar. Por eso, sus padres deben estar en permanente alerta en cuanto el termómetro sube, y conocer perfectamente qué síntomas suelen mostrar sus hijos para impedir que lleguen a la hipertermia. El síntoma que suele presentar Raúl es el amodorramiento. En cuanto el Sol pega fuerte, su cuerpo apenas responde con energía suficiente para afrontar la rutina o los juegos.

Afortunadamente, su familia dispone de una red de refugios en lugares frescos y apacibles adonde Raúl acude cada vez que huye del calor de Logroño. Sin que Tronan pueda hacer mucho para impedirlo, el niño se refugia unas veces en el pueblo de su abuelo Gonzalo, Salas de Bureba, y otras en la casa de su tía Lupe en Panticosa. Precisamente hacía tan solo unos días que el pequeño cazador de tormentas había estado aprendiendo a podar el manzano que su abuelo tiene en su pueblo. A salvo de los inesperados grados de más que marzo había escupido sobre Logroño, Raúl disfrutó de la libertad y el frescor que le ofrece aquel agradable paraje de Burgos. Así que, por mucho que el oscuro rey intenta aviesamente machacar al joven guerrero con el calor, el plan nunca le sale bien del todo. Y es que, además de los Grandes Maestros, los ángeles y el cuidado de sus padres, Raúl cuenta con estos cobijos que repelen el problema de las altas temperaturas, una de las muchas secuelas que le ha dejado la guerra que mantiene contra el Reino de la Tormenta.

XII. LAS PÓCIMAS

A cientos, y también a miles de kilómetros de Logroño, desperdigados por el mundo y encerrados en sus laboratorios, los Grandes Maestros alteran el orden de las cosas, retuercen sus fracasos, mezclan ideas, e incluso retan a la lógica, y todo para dar con fórmulas que combatan con eficacia la maldad del rey Tronan y la virulencia de sus rayos. Cada cual balanceándose en su especialidad, van acercándose o alejándose de su objetivo según las circunstancias, que son de muchos tipos y colores, aunque una de ellas sobresale sobre todas las demás: la falta de presupuesto. Es por esto que, en constante pulso con la escasez de recursos, los sabios se ven obligados a rebuscar entre la suerte que a veces se acumula en el arcén de la vida, y a husmear entre las posibilidades almacenadas en los contenedores de la ventura, por si acaso encuentran algo que les sirva para continuar con sus investigaciones. Saben que los cazadores de tormentas necesitan su auxilio y que, por desgracia, el tiempo corre en su contra. Pero, para ser justos, su cometido no es fácil. Se enfrentan a un mal ancestral, robusto en su origen e incendiario en su devenir.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Aún así, todos sus descubrimientos, sin ser definitivos, alivian en cierta medida los estragos que la guerra contra el Reino de la Tormenta causa en los cazadores de rayos. Como si fuera una red tensada al máximo, el influjo de sus pócimas alcanza a muchos de los batalladores, envolviéndolos en una capa de esperanza bajo la que también se arrebujan sus familias. De esta forma, cada vez que nace un cazador, la red se ensancha un poco más y los eruditos corren a preparar más cantidades de sus remedios. Así ocurrió cuando Raúl cumplió seis meses, edad en la que comenzó su contienda contra Tronan. En cuanto se enteraron, los Grandes Maestros le enviaron un delicado frasco de cristal rojo en el que, comprimido al máximo, había un preparado de ácido valproico que lo socorrió en sus primeros enfrentamientos contra los rayos. Sin embargo, no fue suficiente, y el grupo de sabios tuvo que exprimir su agudeza para añadir otros ingredientes que ayudaran al chaval.

Con el tiempo, y desde distintas partes del mundo, llegaron las demás pócimas a casa de Raúl. Los sabios franceses le enviaron un extraordinario y brillante tarro amarillo en cuyo interior había un mejunje basado en una sustancia a la que denominaron estiripentol. También los eruditos de Alemania le mandaron otro recipiente, esta vez verde mate y lleno de bromuro. El cuarto fármaco, llamado clobazam, llegó protegido en una caja plana azul celeste, mezclado con almidón de maíz y algo de lactosa. En cuanto a la L-Carnitina, otro de los descubrimientos de los Grandes Maestros, fue envuelta en un pequeño bote blanco y frío como la nieve. Y aún hubo otro envío más:  la levotiroxina sódica, que llegó hasta el niño en un llamativo recipiente metálico anaranjado. Y, así, de repente, Raúl se encontró con seis brebajes que tomar cada día para soportar mejor las descargas eléctricas de Tronan. Desafortunadamente, ninguna de estas fórmulas es el elixir deseado, el que todos esperan para ganar la guerra al perverso monarca. Por suerte, eso no desanima a los sabios, que siguen trabajando con ahínco en la búsqueda del milagro.

Mientras tanto, el joven guerrero continuaba con su vida y, como todos los días desde hace años, terminó la penúltima semana de marzo tomándose las correspondientes dosis de cada uno de los remedios enviados por los Grandes Maestros, unas sustancias que, aunque magníficas aliadas, a veces le suponían una pesada carga. Afortunadamente, Raúl ha nacido con una energía envidiable que contrarresta casi por completo los efectos secundarios de las pócimas. Y especialmente esa semana, ni el sedante más fuerte del universo hubiera podido conseguir que envainara toda aquella energía desbordante. Y es que en 48 horas había tenido lugar el Día de Padre y el cumpleaños del suyo, dos motivos más que suficientes para organizar una de esas fiestas que tanto le gustan. Convertido en un terremoto de ilusión y entusiasmo, Raúl había obligado a su madre a hinchar globos y a poner guirnaldas y confeti por toda la casa para sorprender a su progenitor, al que además obsequió con música y con un cuadro pintado por él y por su hermano. Por desgracia, el joven cazador de tormentas también se vio obligado a acudir al campo de batalla durante esa semana. En total, libró siete combates contra los rayos de Tronan. Siete peleas cuerpo a cuerpo en tres días que, al menos, resultaron menos virulentas gracias a las pócimas de los Grandes Maestros, esas mentes privilegiadas con una misión de honor, justicia y corazón que contra viento y marea se han empeñado en cumplir.

XIII. EL MERCADILLO

Todo estaba dispuesto en el Centro Sagrario Corazón. Los alumnos y alumnas del sexto curso de Primaria habían acabado ya las manualidades, y los peluches, juguetes y abalorios que la gente había donado abarrotaban una de las estancias del colegio. Si todo salía como estaba previsto, el mercadillo iba a ser un auténtico éxito. Y para asegurarse, la madre de Raúl llevaba semanas organizándolo todo, implicando a las madres de otros niños y niñas, recogiendo material de segunda mano para revenderlo, y planificando los horarios al milímetro para que los puestos estuvieran atendidos en todo momento. Ahora solo había que esperar y cruzar los dedos para que las ventas fueran bien. Todo lo que recaudara, hasta el último céntimo atrapado debajo de la pata de la mesa, sería enviado a los Grandes Maestros para ayudarlos en la búsqueda del elixir que acabaría con el poder del rey Tronan y su oscuro Reino de la Tormenta.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Para Raúl, el Centro Sagrario Corazón era muy importante. Allí, en las aulas de aquel colegio de la Orden de los Jesuitas, el pequeño cazador no solo había comenzado su aventura escolar, sino que había hecho grandes amigos, de esos que nunca se olvidan por mucho que se empeñe el destino. Por eso, aunque a los seis años de edad se vio obligado a abandonar aquella escuela, sus apreciados Paloma, Guille, Nico, Carla y Manuela siempre estaban presentes en la crónica de su vida, y de vez en cuando quedaba con ellos para pasar el rato. Sí, el malvado Tronan podía llenar su castillo de todas las estrellas de hierro que quisiera por cada palabra que Raúl olvidara; podía atacarlo tan fuerte que se viera abocado a trasladarse a otro colegio más preparado para curar sus heridas; podía intentar mil tretas y poner mil trampas, pero nunca podría lograr que omitiera de su mente a esos cinco maravillosos amigos que seguían en su antigua escuela.

Y ahora, en ese mismo centro también estaba David, su hermano pequeño, que sin pensárselo dos veces decidió colaborar en la recogida de artículos para luego venderlos en el mercadillo. Cromos, pulseras, muñecos, puzzles… todo lo que podía conseguir se lo daba a su madre para recaudar fondos. Al fin y al cabo, su hermano tenía una misión extremadamente peligrosa: atraer los rayos del Reino de la Tormenta sobre sí mismo para desviarlos de su trayectoria contra el mundo. Y eso no era nada fácil. Significaba, como mínimo, un desgaste tremendo que lo debilitaba tras cada batalla. Por eso, David estaba dispuesto a todo para echar una mano.

El gran día llegó más rápido de lo esperado. Por fin, después de tanto tiempo organizándolo, el mercadillo abría sus puertas en el Centro Sagrado Corazón. Las madres que se habían presentado voluntarias para ayudar a la causa estaban en sus puestos. Las mesas, repletas de los más diversos artículos a precios bajísimos, presentaban un aspecto fabuloso con el objeto de atraer las miradas de todo el mundo. Pronto, el patio del colegio se llenó de gente. Decenas de niños y niñas, padres y madres, pululaban entre los puestos mirando, comparando, comprando. Raúl también estaba allí, gozoso de pasar unas horas con su pandilla y poder jugar hasta caer rendido. Todo el mundo parecía dispuesto a colaborar en la lucha contra el Reino de la Tormenta.

Pero, entre todos, alguien muy especial para el joven héroe quiso hacer algo más que llevarse a casa juguetes nuevos. Se trataba de Guille, su gran amigo. El niño, atento a su ex compañero de clase, decidió gastar sus últimos céntimos en una pelota de Los Lunnis para regalársela a Raúl. Y aquel gesto, aquel pequeño detalle insignificante para muchos, no pasó desapercibido para Tronan que, al verlo, sintió un fuerte dolor de estómago. Así, retorciéndose como si estuviera siendo sometido a una tortura, se retiró a su castillo en el que, para su desgracia, dos de sus bolas de barro habían explotado como por arte de magia. Compungido, y tras unos minutos de titubeos, el perverso rey se dio cuenta de que eso solo podía significar una cosa: unos ojos apagados habían recobrado su luz, y su intensidad había terminado por desintegrar uno de sus preciados trofeos. Y esos ojos eran los de Raúl.

XIV. LA OLA

Con la nariz casi pegada a una diminuta caja de cristal, el rey Tronan observaba atentamente el movimiento de una ola de mar atrapada en su interior. Hacía horas que se encontraba así, en la misma postura, de pie frente a una de las ventanas de su castillo, con el brazo en tensión y aquella delicada cajita sobre la palma de su mano. Por mucho tiempo que transcurriera y por infinitas que fueran las obligaciones que le esperaban, no podía apartar los ojos de aquella mini salpicadura salada. Sí, diríase que estaba totalmente embelesado por los retortijones con los que esa porción de agua oceánica mostraba su furia. Diríase incluso que se había enamorado de su persistente y salvaje cadencia marina.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Sin embargo, la realidad era otra. Si el dueño y señor del Reino de la Tormenta miraba aquella ola como si estuviera hipnotizado, era solo porque estaba pensando en algo que le preocupaba desde hacía tiempo. En algo sobre lo que no estaba seguro qué hacer. Y ese algo, lo que le rondaba por la cabeza, era si el trofeo que sostenía en la mano merecía ser considerado un triunfo absoluto. Al fin y al cabo, una ola atrapada en una urna de cristal materializaba la ausencia de consciencia de los cazadores de tormentas, y aunque al principio le satisfacía arrebatársela sin miramientos, hacía tiempo que se había dado cuenta de que esa falta de clarividencia también aportaba felicidad a sus enemigos.  “Sin embargo, ¿será felicidad plena lo que experimentan?” “¿Acaso no sienten ni siquiera un poco de envidia por no ser como los demás?”, se preguntaba.

Pero el rey Tronan se equivocaba al esperar una respuesta mirando aquella ola prisionera. Si de verdad quería coronar sus dudas con alguna certeza, le hubiera bastado con observar a Raúl. El chico, que acababa de llegar a su antiguo colegio para disfrutar de uno de los actos de la Semana Santa, se divertía viendo a sus ex compañeros de aulas desfilando con fantásticas túnicas, preludio de que pronto harían su primera comunión. Y a pesar de que al niño le encanta participar en cualquier celebración que tenga a su alcance, no sentía ninguna pesadumbre por no poder desfilar con sus amigos y disfrazarse como ellos, ni se cuestionaba por qué no podía hacer lo mismo que los demás niños o qué significaba esa ceremonia de la que él era el único excluido.

Y es que, tal y como sospechaba Tronan, las durísimas batallas que el joven libraba contra los rayos le habían dado también la capacidad de disfrutar de todo en todo momento. De esta manera, por cada trozo de consciencia que el malvado monarca le robaba, también estaba proporcionando al chico una libertad de comportamiento impensable para el resto de los humanos y un sincero sentimiento de felicidad sin condiciones. Las olas atrapadas en cajas de cristal no solo eran la materialización de la consciencia que le faltaba a los jóvenes cazadores de tormentas, sino que también simbolizaban la doble cara de una misma moneda. Concretamente, la cara más inspiradora de todas. Aquella que da lecciones de vida.

Y ese era el rostro que Raúl mostraba sin tapujos durante los actos de la Semana Santa. Los tambores, las cofradías, los pasos… todo le atraía y le entusiasmaba. Disfrutaba de cada redoble, de cada una de las miradas lanzadas a través de las capuchas de los nazarenos, de las explicaciones que su abuelo le daba sobre la crucifixión de Jesucristo, de la teatralidad que rezumaban las procesiones. Todo lo absorbía y todo lo transformaba en aventura, admiración o entretenimiento, sin saber el significado que esos rituales encerraban y sin importarle que no pudiera estar en medio de todos ellos, tocando el tambor o disfrazado con aquellos imponentes trajes blancos. Su capacidad de alegrarse incluso de las cosas inalcanzables para él no tenía límite. La primera comunión era otro claro ejemplo. Casi a punto de cumplir 9 años, en unos días le hubiera tocado comulgar junto a sus ex compañeros de clase, con todo lo que eso implicaba: ceremonia, traje nuevo, comida, regalos y felicitaciones. Sin embargo, no lo iba a hacer. Tampoco lo demandaba o lo echaba de menos. De hecho, ni siquiera era consciente de que existiera tal fiesta. Y aunque a sus padres les dolía que su hijo careciera de discernimiento, también les aliviaba comprobar que Raúl era feliz con solo estar vivo, sin apreciar nada más que el aquí y el ahora.

La lucha contra el Reino de la Tormenta está llena de misterios. De misterios incluso para Tronan, el causante del mal que aflige a los guerreros que luchan contra sus rayos. “¿Pero por qué?”, seguía preguntándose el monarca mientras observaba la ola atrapada en la caja de cristal. “Por qué la inconsciencia alimenta a mis enemigos con la felicidad más pura”, susurraba para sí mismo. “¿Acaso no les duele ser distintos?” ¿No necesitan más para alcanzar la dicha?” “¿Es que realmente no se sienten inferiores con todas esas heridas que les inflijo?” Y de nuevo se quedaba inmóvil mirando aquel trozo de mar, absorto en sus pensamientos, sin decidir todavía si aquel trofeo era un triunfo o un fracaso.