VII. LOS INTERLUDIOS

Esta vez, antes de la pesadumbre vino el entretenimiento. Y ocurrió todo en el mismo día. “Un orden nuevo y frío sucedió a la opulencia del otoño”, como diría Ángel González intentando embellecer esta aflicción. Aunque, para ser honestos, se la esperaba. La pesadumbre es una visita reiterada en casa de Raúl. Una cadenciosa presencia que arrebata cualquier momento presente y lo hace secundario. Cuando aparece, no hay puertas que la paren. Entra y se planta delante de todos, con una sonrisa que no es suya exactamente, sino que ha sido dibujada por el rey Tronan a su imagen y semejanza para que nadie en la Tierra olvide que él sigue ahí, invencible. Pero, esta vez, como queda dicho, antes de la pesadumbre vino el entretenimiento.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Raúl volvió del colegio emocionado, blandiendo al aire la receta de un bizcocho. La agitaba a gran velocidad, con una agilidad supersónica, como si así el pastel fuera a aparecer por arte de magia y a llenarlo todo de un tibio y humeante olor a dulce. Aún no había sonado el portazo de la puerta por donde había entrado y ya se moría por cocinarlo y probarlo cuanto antes. Y es que el joven guerrero no practica la moderación. Para él es todo o nada, ahora o nunca. Hace años que su guerra contra el Reino de la Tormenta le enseñó que los días de paz están para aprovecharlos sin miramientos, para engullirlos de una tacada sin darles oportunidad de defenderse. Así que, su madre, conocedora de la inaplazable felicidad de su hijo, se puso manos a la obra y juntos empezaron a elaborar el bizcocho. Pronto, la casa entera quedó enredada en un aroma de huevo y levadura.

Cuando llegó la noche, el piso todavía olía a postre recién horneado. El bizcocho expiraba sus últimos resuellos de humo y una especie de calidez se había instalado en todas las habitaciones. También en la de Raúl, que ya dormía. Realmente esta hubiera sido una bonita manera de abandonarse al sueño, con ese aroma dulzón recorriéndolo todo. Pero, desgraciadamente, el rey Tronan seguía empeñado en aplastar cualquier indicio de sosiego y, siempre fiel a sus planes, atacó de repente, cuando el joven cazador de tormentas apenas había calentado la almohada. Los primeros rayos cayeron sobre el niño a las diez y media, implacables. La embestida duró dos minutos, minutos eternos, intensos, impermeables al entendimiento humano. Minutos que sacaron a Raúl de este mundo y lo obligaron a trasladarse hasta el campo de batalla de aquel reino maléfico para combatir las descargas cara a cara, cuerpo a cuerpo.

Y no fue el único ataque de la noche. A las tres de la madrugada llegó el segundo, y luego el tercero, y más tarde el cuarto. Pero, por fortuna, en esta ocasión Tronan se olvidó de fustigar suficientemente su mezquindad, y entre embate y embate sus ejércitos se relajaron en demasía. Casi se diría que andaban faltos de energía, como si estuvieran agotados o despistados. O, tal vez, desmotivados. En cualquier caso, lo que importa es que los asaltos se sucedieron entre intervalos de paz de unas dos horas de duración, facilitando a Raúl su recuperación tras cada golpe. Aquellos largos y tranquilos interludios -descuidos de un rey ciego de ira- mitigaron los sinsabores de la guerra y permitieron al niño terminar la semana sin tanto esfuerzo como otras veces, sin tantos daños ni tanto padecimiento. Solo quedaba una cosa por hacer: empaquetar esos intervalos y enviarlos a los Grandes Maestros para que pudieran estudiar la forma de alargarlos aún más. Si lo conseguían, los días de Tronan estarían contados.

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