VI. LOS GRANDES MAESTROS

La noche ralentizó las prisas del tiempo y bajó la intensidad de los ruidos de la calle, haciéndolos casi imperceptibles. Logroño entero dejaba atrás los apresurados resoplidos del día, y ahora respiraba despacio, preparándose para dormir. Algunos ciudadanos, incrédulos todavía, se acercaban a las ventanas y, con los brazos cruzados o con una taza de leche caliente en las manos, se quedaban mirando al exterior, comprobando que sí, que efectivamente la vida se retiraba a descansar. También en casa de Raúl la familia acompasaba sus movimientos al ritmo de esa tranquilidad que brota cuando cae el sol, y mientras el joven cazador de tormentas y su hermano David se columpiaban en los brazos del sueño, sus padres, aún despiertos, apuraban a su manera esas horas de silencio. Una horas muy distintas a las de la mayoría.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Para los padres de Raúl, la noche es algodón y es metal. En ella reposan sus días, pero también sobre ella afilan sus desvelos. El mal que escupe el Reino de la Tormenta es tan poderoso que no les permite una paz completa. Cuando la luz decae, llegan la preocupación y la alerta. Afortunadamente, están preparados. O, al menos, todo lo preparados que les permite la tecnología. Por eso, aquella noche de la que hablamos, como todas las demás desde hace ocho años, vigilaban el descanso de su hijo mayor a través de una pantalla digital. Desde que Tronan había decidido aprovechar el sueño del joven guerrero para atacarlo por sorpresa, no les había quedado otra que colocar cámaras en su habitación para detectar las batallas. Sabían que no podían impedir que la mente de Raúl se desplazara al mundo de los rayos para combatirlos, pero sí podían estar a su lado durante su trance.

Fue sobre las diez de la noche cuando detectaron que el niño convulsionaba. Lo vieron temblar por la pantalla digital y acudieron rápidamente a su lado. Por desgracia, en estas ocasiones nadie sabe en qué lugar concreto se encuentra Raúl peleándose con el enemigo. Su guerra no es tangible para los mortales, no es en este mundo, ni siquiera se oyen los estallidos de los rayos al hacer blanco sobre el joven. Lo único que se puede hacer es esperar. Esperar y seguir el protocolo marcado por los Grandes Maestros para paliar la dureza de los ataques.

Los Grandes Maestros son sabios dedicados a contrarrestar la maldad del rey Tronan. Llevan años metidos en sus laboratorios preparando pócimas y artilugios con los que fortalecer las defensas de los cazadores de tormentas y sus familias. Sus tareas son tan diversas como las constelaciones, y tan arduas como encontrar una aguja en un pajar. Sin embargo, no decaen. Sin miedo al gesto ancestral de Tronan, lo encaran con valentía, retándolo a muerte. Desafortunadamente, aún tienen mucho camino por recorrer. Por este motivo, en cuanto aquella noche cesó el ataque y Raúl relajó músculos, volviendo a coger un sueño tranquilo, su madre se acostó a su lado. Solo así estaba segura de poder notar a su hijo agitarse si se producía un segundo embate del Reino de la Tormenta mientras ella dormía.

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