IV. EL REY TRONAN

De repente, a Raúl se le redujo el mundo a un tercio de su grandeza. Por más que intentaba abarcarlo completamente, por mucho que deseara consumirlo con un solo golpe de vista, lo cierto es que más allá de ese tercio no lograba ver nada. Sus párpados le pesaban tanto, que difícilmente conseguía mantener los ojos entreabiertos. Y así, a través de esa mirilla en la que se había convertido su enorme mirada, observaba a duras penas cómo agonizaban los últimos días de aquella semana infernal. También le dolía la tripa y la cabeza, y le costaba caminar. En general, se sentía exhausto, como si se hubiera caído por la ladera de una montaña y hubiera estado rodando cuesta abajo durante un mes, estrellándose contra las rocas y rasgándose la piel con los arbustos. Sin embargo, no tenía heridas en su cuerpo. Podría haber perdido horas y horas observándose en un espejo y no se hubiera descubierto ni el más mínimo rasguño, ni siquiera un leve moratón en un muslo o restos de sangre en la nariz. Nada.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Antes era diferente. De más pequeño, el Reino de la Tormenta lanzaba sus rayos contra él a cualquier hora del día, sin importarle donde se encontrara, qué hiciera o con quién estuviera. Con extrema virulencia, aquellas descargas interrumpían cualquier actividad que estuviera realizando, induciéndolo a un profundo trance y haciéndolo caer y golpearse contra el suelo o contra los muebles. Los ataques de aquellos años eran, más que nunca, repentinos, iracundos, largos y persistentes. Pero con el paso del tiempo, el comportamiento del enemigo cambió. Las agresiones dejaron de ser a plena luz del día para pasar a ser nocturnas, y solo mientras Raúl dormía. Por eso, el joven ya no presentaba cortes ni moratones en su cuerpo. Y aunque no dejaba de ser un alivio, todos se preguntaban por qué el Reino de la Tormenta había cambiado las reglas de la guerra. A qué venía esa nueva estrategia.

Para explicar la forma de actuar del malvado monarca, hay que desempolvar antiguos relatos agolpados en estanterías ya olvidadas, y refugiarse en creencias que un día fueron fe y hoy son mitología. Según esas leyendas, el rey Tronan raras veces muestra su cara. Ni siquiera sus tropas lo han visto más de dos o tres veces a lo largo de los años. Cuentan que su circunspección es el ingrediente de su éxito, y que domina el arte del desconcierto con gran maestría. Descendiente de una temible familia de tronantes y fiel pupilo de Mikelats, un poderoso demonio que lanza tormentas contra cosechas y rebaños, sus planes para destruir el mundo se vieron truncados siglos atrás por los cazadores de tormentas, héroes y heroínas a los que desde entonces trata de eliminar utilizando su destreza para sorprender y desorientar. Sus estrategias de ataque son tan diversas e impredecibles, que son capaces de minar hasta las voluntades más fuertes. Solo él conoce la razón de sus, aparentemente, desordenadas maniobras. De hecho, la tregua que el rey Tronan había concedido a Raúl la semana pasada era solo una de sus muchas tácticas para desanimar enterezas, y ahora se frotaba las manos de gusto viendo al joven abatido tras las embestidas propinadas por sorpresa.

En total, Raúl soportó doce ataques seguidos en una noche y dos más al finalizar la semana. Como siempre, en cuanto llegaron los rayos nuestro héroe se sumió en una especie de trance para alejarlos del mundo que conocemos y combatirlos a solas, en un lugar donde no pueden hacer daño a nadie más. La batalla fue despiadada, sin transigencias ni descansos. Al volver en sí, Raúl se sintió más débil de lo habitual. No podía ni vestirse solo. Sus padres, animándolo a continuar su rutina, lo llevaron al colegio y cumplió con su agenda diaria. Sin embargo, lo único que le apetecía era dormir. Dormir todo el día, a todas horas, durante toda la semana. Pero justamente dormir tanto era lo que no podían permitirle sus padres. Sabían que si su hijo se abandonaba al sueño, el enemigo podía volver a atacar.

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