III. LA TREGUA

Una tregua caída del cielo quedó atrapada en la tercera semana del año, enredada entre los infinitos quehaceres diarios de Raúl. Sucedió de forma inesperada, como si se tratara de la visita de un amigo al que se había dado por desaparecido, o como si la escurridiza inspiración hubiera decidido agraciar a un escritor desahuciado. Por supuesto, los padres del joven guerrero recibieron de buen grado aquel respiro, ese súbito sosiego que les permitía recargar fuerzas. Sin embargo, no se hacían ilusiones. Sabían que no se trataba de un armisticio duradero, y que aquella paz, inusualmente larga, obedecía a algún retorcido plan del Reino de la Tormenta. De eso estaban totalmente seguros. Pero la esperanza no entiende de espejismos ni de ironías y, a pesar de aquella certeza que les afligía, no podían evitar sentir cierta felicidad. Diez días seguidos sin enfrentamientos desde la última contienda suponía un descanso para todos, una oportunidad para la relajación.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Aferrada a esa tranquilidad momentánea, la madre de Raúl aprovechaba para reflexionar sobre el destino de los cazadores y cazadoras de tormentas, la estirpe a la que, según los antiguos, pertenece su primogénito. Había oído mencionar a otras familias que tener descendientes que luchan contra los rayos del Reino de la Tormenta supone para ellas un gran honor, casi un privilegio, un aprendizaje de vida que les hace ser mejores personas. Sin embargo, ella no sentía lo mismo. Ni siquiera lograba rozar levemente aquella especie de conformismo. Hubiera preferido mil veces, quinientas mil veces más, que Raúl no tuviera que cargar con tanta responsabilidad, que sus obligaciones se limitaran a crecer plácidamente junto a su hermano David, y que no supiera lo que es un campo de batalla ni el abatimiento que viene después de la contienda. Hubiera dado todo con tal de evitar a su hijo mayor las carreras al hospital, la medicación experimental, el cambio de colegio, los retrocesos en su desarrollo.

Y luego estaba todo lo demás. Todas las amistades y familiares que un día se batieron en retirada, sucumbiendo al miedo, a la indolencia o a la ignorancia. Porque la guerra que libra Raúl no es para cobardes ni para personas iletradas. No hay tratados de paz que perduren. No hay castillos con princesas que susurren promesas de finales felices. Las cruzadas de Raúl solo son aptas para gente con agallas, gente curtida en la honra, gente permanentemente remangada para ayudar en las trincheras, de día o de noche, llueva o haga sol. Y para eso no todos valen. Afortunadamente, otros se quedaron a su lado, mitigando tropiezos, desenredando complicaciones, desaguando preocupaciones.

En todo esto pensaba la madre de Raúl mientras veía a su hijo pasar la aspiradora, ansioso por ayudar en casa. Definitivamente, estaba siendo una buena semana. La tregua había servido para que Raúl volviera a centrarse en su vida, en sus tareas cotidianas, en sus caprichos. Y precisamente una de las cosas que más le gusta hacer al joven es colaborar en los trabajos domésticos. Cualquier cosa antes que bajar las pulsaciones entre cojines o amodorrarse frente al televisor. A pesar de la escoliosis y la debilidad de sus tobillos y rodillas que la guerra le ha dejado de propina, el joven campeador puede ensombrecer al mismo Sol en un pulso de energía. Desafortunadamente, el rey del Reino de la Tormenta había planificado nuevos ataques, y en su interior se revolvía de gusto.

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