I. EL AÑO NUEVO

A Raúl se le desparramó la última noche del año entre baile y baile, al ritmo de las canciones que más le gustan. Como si su vida dependiera de ello, desentumeció sus huesos a golpe de alegría, apostando su suerte al todo o nada y reconfortando al mundo con su dicha. Se sentía especialmente feliz, inmensamente afortunado, y totalmente despreocupado de los asuntos del Reino. Porque, para quien no lo sepa, Raúl, a pesar de tener ocho años, es una de las pocas personas elegidas para luchar contra el Reino de la Tormenta y su malvado señor, el rey Tronan. Y esto, aunque no está recogido en los libros de Historia ni supura en la conciencia de quienes podrían ayudar al niño y su causa, supone tener que enfrentarse a terribles y desconocidos peligros, a escalofriantes e inimaginables lances. Por eso, cada vez que el enemigo le da un respiro, Raúl radicaliza su entusiasmo y se aprovecha de la vida hasta que la deja exhausta.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

La Nochevieja en la que empieza esta historia se cumplían 10 días de paz. Diez días sin enfrentamientos ni sobresaltos que hicieron que el joven héroe diera rienda suelta a su vivaracha personalidad. Sin embargo, lejos de ser una buena noticia, esto solo significaba que había comenzado la cuenta atrás y que en cualquier momento se acabaría la tregua. Por esta razón, mientras Raúl se divertía ajeno a las nubes negras del horizonte, su madre y su padre se mantenían alerta, preparados para intervenir si era necesario. Y es que ambos sabían muy bien que a su primogénito no le quedaba mucho tiempo de diversión, y que pronto tendría que volver al campo de batalla. Una batalla que escapa al entendimiento del común de los mortales, pues se trata de una contienda en la intimidad; un combate interno en el que el joven Raúl cae en una especie de trance para poder hacer frente a las descargas eléctricas que golpean su cerebro.

En épocas antiguas se creía que las personas como Raúl eran descendientes de una poderosa estirpe de cazadores de tormentas. Héroes que desviaban la atención de los rayos hacia sí mismos para evitar que destruyeran el mundo. Incluso hoy en día todavía hay quien asegura que estas leyendas tienen mucho de verdad, que no son anacronismos para entretener. Otros, sin embargo, los estudiosos, optaron por investigar y racionalizar el fenómeno, bautizándolo como Síndrome de Dravet, el nombre con el que se conoce hoy en día la guerra contra Tronan.

En cualquier caso, en lo que todos están de acuerdo es en que, tras cada batalla librada, los guerreros pierden un trozo de su esencia. La parte que perdió Raúl el día de Año Nuevo mientras dormía es un misterio. Ni siquiera él mismo podría decirlo. Solo sabemos que en cuanto la música de Nochevieja cesó y todos se retiraron a sus dormitorios, una horda de rayos cayó sobre el joven. Como siempre, el combate fue duro. Tanto que, cuando terminó, necesitó varios días para recuperar fuerzas.

Supe del Síndrome de Dravet sentada en un bar de Buñuel, al calor de una sobremesa de diciembre, mientras fuera la temperatura helaba los suspiros y empujaba la Navidad hacia el interior de las casas. Ahí sentada, con el café entre las manos, mi amigo Esteban me habló de esta enfermedad que ataca a sus víctimas cuando aún son bebés, para no dejarlas en paz nunca más. Me explicó que se trata de un tipo de epilepsia severa, sin cura y extremadamente dura por su perseverancia y consecuencias. Y me habló de Raúl, el protagonista de este blog. Raúl es el hijo mayor de una buena amiga de Esteban. Su drama conmovió a mi amigo, y también me conmovió a mí. Curiosamente, hacía tiempo que me rondaba la idea de escribir sobre una afección rara desde el punto de vista del que la padece. Había pensado en muchas, muchísimas, pero pasaban los meses y no conseguía a nadie que me confiara su sufrimiento.  Así que aquella sobremesa de diciembre, para mi sorpresa, encontré lo que buscaba: una extraña enfermedad que necesitaba divulgación, y una familia dispuesta a narrarme semanalmente sus golpes. Bienvenidos a esta historia sobre el Síndrome de Dravet. Una historia que comienza como han leído ya, con Raúl despidiendo un año y dando la bienvenida al nuevo.

II. LOS REGALOS

La inminente llegada de los Reyes Magos perturbó rutinas y desencajó planes en la mayoría de las casas de Logroño, sobre todo en aquellas en las que había niños y niñas a bordo. Tampoco el hogar de Raúl se libró de ese remolino de euforia, donde hacía días que la vida giraba casi en exclusiva en torno al frigorífico, en cuya puerta la familia había pegado la carta dirigida a los tres de Oriente. De entre todos los regalos detallados en aquella misiva, había uno que resaltaba con un brillo especial: cuatro entradas para ver el musical El Rey León, en el Teatro Lope de Vega de Madrid. ¿Podía haber algo más grandioso para Raúl que un viaje a la selva para conocer a Zazú, Simba, Nala…? ¿Existía algo mejor que sincronizar el corazón con el rugir de la naturaleza? No, realmente muy pocas cosas superaban ese regalo. Aunque, bien pensado, tal vez una cosa sí podía superarla o, al menos, la igualaba en importancia: los gigantes.

La amistad de Raúl con los gigantes se remonta a años atrás, cuando los vio por primera vez danzando por las calles un día de fiesta, tan majestuosos, tan imponentes, tan ajenos al polvo del camino. Con largos trajes y una erguida dignidad plasmada en sus rostros, giraban sobre sí mismos revolviendo el aire y haciendo temblar al mundo con sus pasos de baile. Al joven guerrero le bastó unos segundos, apenas tres o cuatro, para comprender que estaba delante de unos seres magníficos, extraordinarios, y, sin duda, merecedores de toda su atención. Así fue como a partir de aquel día nació en él su conocida afición por coleccionar figuritas que imitan a sus queridos colosos. Incluso los Reyes Magos, conocedores de esa pasión, quisieron contentar a Raúl regalándole nuevas réplicas. Esta vez, la de los gigantes de Pamplona. El niño no podía ser más feliz.

De hecho, su excitación era tal, que sus padres se preguntaban si tanto arrebatamiento alteraría el equilibrio que su hijo necesita para librar sus batallas contra el Reino de la Tormenta. Por lo que sabían de esta guerra, cualquier emoción amplificada, cualquier estímulo que entorpeciera la concentración del joven, podría ser aprovechada por el enemigo para atacar. Una sola distracción, y los rayos caerían sobre él sin piedad.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Pero, para bien o para mal, lo que al rey Tronan le sirve para derrotar a unos cazadores de tormentas, no le sirve para acabar con otros. Por eso, el malvado monarca, al comprobar que Raúl no bajaba sus defensas ni distrayéndose con los maravillosos regalos que había recibido, se había visto obligado a idear otra táctica. Una en la que la noche fuera su aliada y el descanso del guerrero su mejor oportunidad para lanzarse contra él. Solo tenía que esperar unas horas más, y se presentaría una ocasión más propicia para el combate. Mientras tanto, sus ejércitos desentumecían sus huesos y, sigilosamente, ocultos en la sombra, se preparaban para cumplir órdenes.

El ataque cayó sobre Raúl cuando dormía, exactamente cuatro días después de la cabalgata y cinco después de haber sufrido el último. El alto el fuego no había durado mucho esta vez. Sin embargo, y a pesar de este contratiempo, algo de suerte sí tuvo en esta ocasión: el enemigo atacó durante menos de dos minutos y no volvió a hacerlo en toda la noche. Toda una sorpresa que ayudó a que esa semana Raúl se recuperara de los golpes antes de lo habitual. Y es que el tiempo que dura una embestida de Tronan es fundamental para la salud de Raúl.

III. LA TREGUA

Una tregua caída del cielo quedó atrapada en la tercera semana del año, enredada entre los infinitos quehaceres diarios de Raúl. Sucedió de forma inesperada, como si se tratara de la visita de un amigo al que se había dado por desaparecido, o como si la escurridiza inspiración hubiera decidido agraciar a un escritor desahuciado. Por supuesto, los padres del joven guerrero recibieron de buen grado aquel respiro, ese súbito sosiego que les permitía recargar fuerzas. Sin embargo, no se hacían ilusiones. Sabían que no se trataba de un armisticio duradero, y que aquella paz, inusualmente larga, obedecía a algún retorcido plan del Reino de la Tormenta. De eso estaban totalmente seguros. Pero la esperanza no entiende de espejismos ni de ironías y, a pesar de aquella certeza que les afligía, no podían evitar sentir cierta felicidad. Diez días seguidos sin enfrentamientos desde la última contienda suponía un descanso para todos, una oportunidad para la relajación.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Aferrada a esa tranquilidad momentánea, la madre de Raúl aprovechaba para reflexionar sobre el destino de los cazadores y cazadoras de tormentas, la estirpe a la que, según los antiguos, pertenece su primogénito. Había oído mencionar a otras familias que tener descendientes que luchan contra los rayos del Reino de la Tormenta supone para ellas un gran honor, casi un privilegio, un aprendizaje de vida que les hace ser mejores personas. Sin embargo, ella no sentía lo mismo. Ni siquiera lograba rozar levemente aquella especie de conformismo. Hubiera preferido mil veces, quinientas mil veces más, que Raúl no tuviera que cargar con tanta responsabilidad, que sus obligaciones se limitaran a crecer plácidamente junto a su hermano David, y que no supiera lo que es un campo de batalla ni el abatimiento que viene después de la contienda. Hubiera dado todo con tal de evitar a su hijo mayor las carreras al hospital, la medicación experimental, el cambio de colegio, los retrocesos en su desarrollo.

Y luego estaba todo lo demás. Todas las amistades y familiares que un día se batieron en retirada, sucumbiendo al miedo, a la indolencia o a la ignorancia. Porque la guerra que libra Raúl no es para cobardes ni para personas iletradas. No hay tratados de paz que perduren. No hay castillos con princesas que susurren promesas de finales felices. Las cruzadas de Raúl solo son aptas para gente con agallas, gente curtida en la honra, gente permanentemente remangada para ayudar en las trincheras, de día o de noche, llueva o haga sol. Y para eso no todos valen. Afortunadamente, otros se quedaron a su lado, mitigando tropiezos, desenredando complicaciones, desaguando preocupaciones.

En todo esto pensaba la madre de Raúl mientras veía a su hijo pasar la aspiradora, ansioso por ayudar en casa. Definitivamente, estaba siendo una buena semana. La tregua había servido para que Raúl volviera a centrarse en su vida, en sus tareas cotidianas, en sus caprichos. Y precisamente una de las cosas que más le gusta hacer al joven es colaborar en los trabajos domésticos. Cualquier cosa antes que bajar las pulsaciones entre cojines o amodorrarse frente al televisor. A pesar de la escoliosis y la debilidad de sus tobillos y rodillas que la guerra le ha dejado de propina, el joven campeador puede ensombrecer al mismo Sol en un pulso de energía. Desafortunadamente, el rey del Reino de la Tormenta había planificado nuevos ataques, y en su interior se revolvía de gusto.

IV. EL REY TRONAN

De repente, a Raúl se le redujo el mundo a un tercio de su grandeza. Por más que intentaba abarcarlo completamente, por mucho que deseara consumirlo con un solo golpe de vista, lo cierto es que más allá de ese tercio no lograba ver nada. Sus párpados le pesaban tanto, que difícilmente conseguía mantener los ojos entreabiertos. Y así, a través de esa mirilla en la que se había convertido su enorme mirada, observaba a duras penas cómo agonizaban los últimos días de aquella semana infernal. También le dolía la tripa y la cabeza, y le costaba caminar. En general, se sentía exhausto, como si se hubiera caído por la ladera de una montaña y hubiera estado rodando cuesta abajo durante un mes, estrellándose contra las rocas y rasgándose la piel con los arbustos. Sin embargo, no tenía heridas en su cuerpo. Podría haber perdido horas y horas observándose en un espejo y no se hubiera descubierto ni el más mínimo rasguño, ni siquiera un leve moratón en un muslo o restos de sangre en la nariz. Nada.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Antes era diferente. De más pequeño, el Reino de la Tormenta lanzaba sus rayos contra él a cualquier hora del día, sin importarle donde se encontrara, qué hiciera o con quién estuviera. Con extrema virulencia, aquellas descargas interrumpían cualquier actividad que estuviera realizando, induciéndolo a un profundo trance y haciéndolo caer y golpearse contra el suelo o contra los muebles. Los ataques de aquellos años eran, más que nunca, repentinos, iracundos, largos y persistentes. Pero con el paso del tiempo, el comportamiento del enemigo cambió. Las agresiones dejaron de ser a plena luz del día para pasar a ser nocturnas, y solo mientras Raúl dormía. Por eso, el joven ya no presentaba cortes ni moratones en su cuerpo. Y aunque no dejaba de ser un alivio, todos se preguntaban por qué el Reino de la Tormenta había cambiado las reglas de la guerra. A qué venía esa nueva estrategia.

Para explicar la forma de actuar del malvado monarca, hay que desempolvar antiguos relatos agolpados en estanterías ya olvidadas, y refugiarse en creencias que un día fueron fe y hoy son mitología. Según esas leyendas, el rey Tronan raras veces muestra su cara. Ni siquiera sus tropas lo han visto más de dos o tres veces a lo largo de los años. Cuentan que su circunspección es el ingrediente de su éxito, y que domina el arte del desconcierto con gran maestría. Descendiente de una temible familia de tronantes y fiel pupilo de Mikelats, un poderoso demonio que lanza tormentas contra cosechas y rebaños, sus planes para destruir el mundo se vieron truncados siglos atrás por los cazadores de tormentas, héroes y heroínas a los que desde entonces trata de eliminar utilizando su destreza para sorprender y desorientar. Sus estrategias de ataque son tan diversas e impredecibles, que son capaces de minar hasta las voluntades más fuertes. Solo él conoce la razón de sus, aparentemente, desordenadas maniobras. De hecho, la tregua que el rey Tronan había concedido a Raúl la semana pasada era solo una de sus muchas tácticas para desanimar enterezas, y ahora se frotaba las manos de gusto viendo al joven abatido tras las embestidas propinadas por sorpresa.

En total, Raúl soportó doce ataques seguidos en una noche y dos más al finalizar la semana. Como siempre, en cuanto llegaron los rayos nuestro héroe se sumió en una especie de trance para alejarlos del mundo que conocemos y combatirlos a solas, en un lugar donde no pueden hacer daño a nadie más. La batalla fue despiadada, sin transigencias ni descansos. Al volver en sí, Raúl se sintió más débil de lo habitual. No podía ni vestirse solo. Sus padres, animándolo a continuar su rutina, lo llevaron al colegio y cumplió con su agenda diaria. Sin embargo, lo único que le apetecía era dormir. Dormir todo el día, a todas horas, durante toda la semana. Pero justamente dormir tanto era lo que no podían permitirle sus padres. Sabían que si su hijo se abandonaba al sueño, el enemigo podía volver a atacar.

V. LOS TROFEOS

La batalla librada en el Reino de la Tormenta la semana pasada provocó en Raúl un profundo y amargo desasosiego. El pequeño se sentía incómodo incluso con los quehaceres cotidianos más sencillos, y los rechazaba sin miramientos con un dejo de desobediencia y pereza. Sin perderlo de vista, su madre y su padre asimilaban esa desazón haciendo gala de una extraordinaria paciencia, curtida con años y años de curar las heridas que los devastadores rayos imprimen en su hijo. En esa ocasión, para llamar la atención del joven guerrero y sacarlo de su desconcierto, la familia se centró en los preparativos del cumpleaños de su tío Abel, encomendándole a Raúl la elaboración de la tarjeta de felicitación. De esta forma, con su nuevo cometido entre manos, el héroe comenzó a escribir el nombre del homenajeado. Mientras tanto, no muy lejos, unos oscuros ojos observaban al chico. Paciente, oculto en las sombras, el dueño de los truenos y los rayos esperaba algo. Algo sumamente importante para él.

Según recogen los pergaminos, con el paso de los siglos y la presión de su amargura, el rey Tronan adquirió la costumbre de coleccionar trofeos de guerra. Los tenía de todos los tipos, tamaños y formas, y los exhibía en las almenas de su castillo para que sus súbditos y súbditas los memorizaran, los juglares les pusieran música, y los escribanos dieran buena fe de la avaricia del monarca. Sin embargo, lo que había comenzado como una estrategia para desmoralizar a los cazadores de tormentas, había acabado por convertirse en una obsesión.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Y es precisamente esta obcecación la que lo llevaba a espiar a Raúl día y noche, después de cada ataque, con la esperanza de descubrir otra herida en el muchacho, otro paso atrás en su desarrollo, una nueva señal de su debilidad. Porque los trofeos que motivan a Tronan no son copas ni medallas. Ni siquiera tesoros o ciudades. Son mucho más que eso: son pedazos de esencia de los guerreros y de las guerreras, partes de sí mismos que el rey del Reino de la Tormenta codicia con ansia incontenida, y por las que estaría dispuesto a todo.

Por eso, cada vez que uno de los cazadores o una de las cazadoras pierde fuerza en un músculo, extravía su capacidad de hablar, o traspapela su concentración y su entendimiento, el enemigo atrapa esas pérdidas y las enjaula entre gruesos y fríos barrotes para inmovilizarlas, darles forma, y materializarlas por medio de antiguos y secretos conjuros. Solo de esta manera, haciéndolas visibles para darles apariencia y significado, puede exponerlas en las almenas del castillo, cada una con su aspecto y color, perfectamente diferenciadas, datadas y etiquetadas: una escoliosis es una serpiente de cristal rojo, la falta de comprensión es un triángulo de mármol negro, unos ojos apagados son dos bolas esculpidas en barro, un suspiro por agotamiento es una columna de madera, una palabra olvidada es una estrella de hierro…

Esta vez, lo que Tronan esperaba que se desprendiera de Raúl era otra parte más de su aprendizaje. Estaba tan seguro de que lo iba a conseguir, que en su interior ya celebraba la victoria. No se volvería a su castillo sin una estrella de hierro más. Le bastaba ver al joven intentando escribir el nombre de su tío para saber que pronto se llevaría otro trofeo. Y es que al chico la E de Abel se le resistía. Por mucho que su madre le dijera que esa letra ya la había aprendido a escribir y que debía hacer un esfuerzo por recordar cómo lo hacía, no había manera. Las secuelas de la última batalla contra los rayos parecían indelebles, sin vuelta atrás. Sin embargo, de repente, ocurrió algo fantástico. Su madre se acordó de las fichas con las que Raúl aprendió a hacer las vocales y corrió a por ellas. “Mira, ¿te acuerdas ahora?”, le preguntó. Y, así, sin más, sin apenas esfuerzo, el cazador de tormentas escribió una E perfecta. En esta ocasión, Tronan no se llevaría ningún premio a su madriguera.

VI. LOS GRANDES MAESTROS

La noche ralentizó las prisas del tiempo y bajó la intensidad de los ruidos de la calle, haciéndolos casi imperceptibles. Logroño entero dejaba atrás los apresurados resoplidos del día, y ahora respiraba despacio, preparándose para dormir. Algunos ciudadanos, incrédulos todavía, se acercaban a las ventanas y, con los brazos cruzados o con una taza de leche caliente en las manos, se quedaban mirando al exterior, comprobando que sí, que efectivamente la vida se retiraba a descansar. También en casa de Raúl la familia acompasaba sus movimientos al ritmo de esa tranquilidad que brota cuando cae el sol, y mientras el joven cazador de tormentas y su hermano David se columpiaban en los brazos del sueño, sus padres, aún despiertos, apuraban a su manera esas horas de silencio. Una horas muy distintas a las de la mayoría.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Para los padres de Raúl, la noche es algodón y es metal. En ella reposan sus días, pero también sobre ella afilan sus desvelos. El mal que escupe el Reino de la Tormenta es tan poderoso que no les permite una paz completa. Cuando la luz decae, llegan la preocupación y la alerta. Afortunadamente, están preparados. O, al menos, todo lo preparados que les permite la tecnología. Por eso, aquella noche de la que hablamos, como todas las demás desde hace ocho años, vigilaban el descanso de su hijo mayor a través de una pantalla digital. Desde que Tronan había decidido aprovechar el sueño del joven guerrero para atacarlo por sorpresa, no les había quedado otra que colocar cámaras en su habitación para detectar las batallas. Sabían que no podían impedir que la mente de Raúl se desplazara al mundo de los rayos para combatirlos, pero sí podían estar a su lado durante su trance.

Fue sobre las diez de la noche cuando detectaron que el niño convulsionaba. Lo vieron temblar por la pantalla digital y acudieron rápidamente a su lado. Por desgracia, en estas ocasiones nadie sabe en qué lugar concreto se encuentra Raúl peleándose con el enemigo. Su guerra no es tangible para los mortales, no es en este mundo, ni siquiera se oyen los estallidos de los rayos al hacer blanco sobre el joven. Lo único que se puede hacer es esperar. Esperar y seguir el protocolo marcado por los Grandes Maestros para paliar la dureza de los ataques.

Los Grandes Maestros son sabios dedicados a contrarrestar la maldad del rey Tronan. Llevan años metidos en sus laboratorios preparando pócimas y artilugios con los que fortalecer las defensas de los cazadores de tormentas y sus familias. Sus tareas son tan diversas como las constelaciones, y tan arduas como encontrar una aguja en un pajar. Sin embargo, no decaen. Sin miedo al gesto ancestral de Tronan, lo encaran con valentía, retándolo a muerte. Desafortunadamente, aún tienen mucho camino por recorrer. Por este motivo, en cuanto aquella noche cesó el ataque y Raúl relajó músculos, volviendo a coger un sueño tranquilo, su madre se acostó a su lado. Solo así estaba segura de poder notar a su hijo agitarse si se producía un segundo embate del Reino de la Tormenta mientras ella dormía.

VII. LOS INTERLUDIOS

Esta vez, antes de la pesadumbre vino el entretenimiento. Y ocurrió todo en el mismo día. “Un orden nuevo y frío sucedió a la opulencia del otoño”, como diría Ángel González intentando embellecer esta aflicción. Aunque, para ser honestos, se la esperaba. La pesadumbre es una visita reiterada en casa de Raúl. Una cadenciosa presencia que arrebata cualquier momento presente y lo hace secundario. Cuando aparece, no hay puertas que la paren. Entra y se planta delante de todos, con una sonrisa que no es suya exactamente, sino que ha sido dibujada por el rey Tronan a su imagen y semejanza para que nadie en la Tierra olvide que él sigue ahí, invencible. Pero, esta vez, como queda dicho, antes de la pesadumbre vino el entretenimiento.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Ilustración de Matías Zabalegui.

Raúl volvió del colegio emocionado, blandiendo al aire la receta de un bizcocho. La agitaba a gran velocidad, con una agilidad supersónica, como si así el pastel fuera a aparecer por arte de magia y a llenarlo todo de un tibio y humeante olor a dulce. Aún no había sonado el portazo de la puerta por donde había entrado y ya se moría por cocinarlo y probarlo cuanto antes. Y es que el joven guerrero no practica la moderación. Para él es todo o nada, ahora o nunca. Hace años que su guerra contra el Reino de la Tormenta le enseñó que los días de paz están para aprovecharlos sin miramientos, para engullirlos de una tacada sin darles oportunidad de defenderse. Así que, su madre, conocedora de la inaplazable felicidad de su hijo, se puso manos a la obra y juntos empezaron a elaborar el bizcocho. Pronto, la casa entera quedó enredada en un aroma de huevo y levadura.

Cuando llegó la noche, el piso todavía olía a postre recién horneado. El bizcocho expiraba sus últimos resuellos de humo y una especie de calidez se había instalado en todas las habitaciones. También en la de Raúl, que ya dormía. Realmente esta hubiera sido una bonita manera de abandonarse al sueño, con ese aroma dulzón recorriéndolo todo. Pero, desgraciadamente, el rey Tronan seguía empeñado en aplastar cualquier indicio de sosiego y, siempre fiel a sus planes, atacó de repente, cuando el joven cazador de tormentas apenas había calentado la almohada. Los primeros rayos cayeron sobre el niño a las diez y media, implacables. La embestida duró dos minutos, minutos eternos, intensos, impermeables al entendimiento humano. Minutos que sacaron a Raúl de este mundo y lo obligaron a trasladarse hasta el campo de batalla de aquel reino maléfico para combatir las descargas cara a cara, cuerpo a cuerpo.

Y no fue el único ataque de la noche. A las tres de la madrugada llegó el segundo, y luego el tercero, y más tarde el cuarto. Pero, por fortuna, en esta ocasión Tronan se olvidó de fustigar suficientemente su mezquindad, y entre embate y embate sus ejércitos se relajaron en demasía. Casi se diría que andaban faltos de energía, como si estuvieran agotados o despistados. O, tal vez, desmotivados. En cualquier caso, lo que importa es que los asaltos se sucedieron entre intervalos de paz de unas dos horas de duración, facilitando a Raúl su recuperación tras cada golpe. Aquellos largos y tranquilos interludios -descuidos de un rey ciego de ira- mitigaron los sinsabores de la guerra y permitieron al niño terminar la semana sin tanto esfuerzo como otras veces, sin tantos daños ni tanto padecimiento. Solo quedaba una cosa por hacer: empaquetar esos intervalos y enviarlos a los Grandes Maestros para que pudieran estudiar la forma de alargarlos aún más. Si lo conseguían, los días de Tronan estarían contados.